DISNEY, Walt
Es imposible hablar de las ficciones que llegan a los niños a partir de la década de los treinta sin tener en cuenta la influencia casi hegemónica de Disney como autor y, tras su muerte, como empresa. Por una parte, se quiera o no, ha sido y es toda una escuela de gusto visual y ha modelado los esquemas mentales de varias generaciones con sus animales arquetípicos; su mismo éxito arrastró a sus competidores a crear otros animales animados que también hicieron furor: Bugs Bunny nació en 1943. Por otra, sus versiones de historias clásicas han llegado a ser predominantes en muchos casos. La crítica más seria que cabe hacerle no es tanto que algunas sean versiones más edulcoradas o más pobres que las originales, sino que a veces traicionen el sentido previsto por sus autores. Esto será escandaloso con las versiones que realizará la factoría Disney del cuento de ANDERSEN La sirenita y, algo menos, del de Leprince de BEAUMONT La Bella y la Bestia, pero hay quienes piensan —tal vez algo exageradamente— que comenzó con Cenicienta, donde la belleza exterior deja de ser una metáfora de la belleza interior, como pretendían las versiones clásicas, y se presenta como un mérito suficiente para el triunfo. Y es que si no hay nada malo en ser comercial, como afirmaba Walt Disney, sí hay problemas cuando se supedita todo o casi todo a ser comercial.